Caminabas con la cabeza cabizbajo queriendo dejar todas las preocupaciones en las calles. Dejar un poco de basura. Nadie diría nada por dejar pensamientos en ellas cuando todo mundo sólo deja pedazos de bolsas y envases de coca. Apresuraste el paso por temor que alguien dijera algo. Sonreíste tímidamente celebrando tu victoria. Habías dejado todos los pensamientos inservibles sobre una acera que jamás recorrerías nuevamente. Un montón de basura más en el mundo.
Corriste tan deprisa para alejarte que cada cuatro pasos volteabas para asegurarte que nadie te seguía. Corriste tanto que la suela de los tenis se quedó en alguna de aquellas calles. Te detuviste porque oliste sangre y buscaste en todos lados hasta darte cuenta que tus pies estaban coloreados de rojo. De ese rojo tan distinto que sólo yace dentro de nosotros.
La sonrisa tímida que traías que celebraba tu victoria, se convirtió en una reproche por tu ingenuidad. La sangre había marcado todo el trayecto que habías querido borrar.
Quisiste llorar pero, ninguna lágrima se atrevió a salir en aquel estado. Buscaste una forma para no dejar rastro alguno hasta comprender que aún el más tierno roce de tu piel se queda en un instante, le pertenece al tiempo...

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