Me quedé pensativo después de comprar el boleto. La señorita me preguntó si estaba bien. Sonreí tímidamente y le di la tarjeta. Ella me dio el boleto. Caminé por dos horas por el aeropuerto pensando en toda clase de cosas desde los amigos que ya no vería, de las cosas buenas que me llevo, de las malas que sucedieron. Me detengo en una máquina de café. ¿Moca o descafeinado? Al final, no compro nada. Una taza de café me pondría más hiperactivo y las neuronas se volverían locas. Me decidí por un jugo de naranja. Entré a una tienda de licor y el encargado de ahí, me pidió que no entrara con alimentos. Lo quedé viendo y sonreí. Seguí caminando y me puse a observar el enorme dinosaurio que estaba en medio del aeropuerto. Me tomé una foto y seguí caminando. Encontré otra sala con un avión de la segunda guerra mundial y me tomé otra foto.
Anunciaron un pasajero retrasado y corrí como si fuera él. Corrí doce salas y en la 13 me detuve. Me preguntó una azafata mi nombre y se lo di. Me miró extraña y me dijo. Su vuelo sale en una hora, le sonreí y dije sí.
Seguí caminando y viendo toda clase de tiendas que hay en los aeropuertos. Maquinitas para dar periódicos, café, para hacer llamadas, para ordenar hamburguesas, para comprar suvenirs.
Me puse a esperar a alguien. Ahí estábamos todos, esperando a alguien, poco a poco la sala se vaciaba y cada una iba abrazando a ese alguien que llegaba de no sé donde. Yo esperaba a ese que no sabía su nombre. La sala quedó vacía, sólo nosotros dos y me dijiste ¿y si nos vamos? Te miré y me mostraste tu tristeza y te fuiste. Yo seguí esperando a nadie hasta que mi avión llegó.




