Mar 26, 2007

Mis distancias

Inusualmente, la nostalgia llegó el lunes por la tarde. Arropó mi frágil cuerpo sin aviso alguno y me puse a llorar. Lloré y tenía frío. Lloré tanto que al final, me dio risa y de ésta, volví a llorar… Alexia dice que la soledad no se combate, se aprecia. Sin embargo, hoy en este momento, me pasa eso que te pasa… “ quisiera cruzar distancias, algunos océanos y muros más cercanos para lanzar un abrazo a todos aquellos que quiero y ya no están a mi lado” Me quedo callado tanto como el tiempo y sin embargo, él a hurtadillas camina despacio dentro de mi cuerpo, de mis pensamientos y hace que el mundo gire; que mi cuerpo cambie. Quisiera dibujar un avión que me llevara a donde están, dibujarlos aquí para decirles que los extraño. Dibujar un te quiero hablado… Si embargo, a estas horas me pregunto qué hago aquí, escribiendo ante este monitor frío y sin vida. Escuchando el tic tac del maldito reloj que no se detiene, pareciera que tiene prisa.

Mar 13, 2007

El último paraíso

El reloj sonó como todas las mañanas. Marcos no sabía que esa era la última vez que escucharía el pítido horrificante de ese aparato que lo torturó por más de 65 años. Y aunque parecíese extraño, él tenía una relación estrecha con ese aparatejo casi inservible. Sus amigos supieron cada uno de los detalles de esa locura. Ahora vagamente alguien lo sabe y es que desde que ellos murieron, son pocas las personas que visitan a Marcos y Marcos nulamente tiene la posibilidad de repetir esa historia. El despertador sonó diez minutos antes de las 6 de la mañana. Como todos los días, abrió las ventanas. Sacó al perro, un perro diminuto de color negro llamado manguito. Limpió el orín cerca de la puerta y recogió las diminutas bolitas de popó que habían cerca de ahí. Tendió la cama. Sacó la ropa para el viernes. Verificó en la etiqueta que, efectivamente fuera la del viernes. Buscó los zapatos y los calcetines. Todo meticulosamente bien calculado. Marcos se sentó en la cama y con un poco de nostalgía recorrió su pequeña habitación. Su única habitación en toda una vida. Todos sus recuerdos estaban apilados, unos tantos podridos, otros aún recientes pero, todos mezclados. Marcos sintió unas ganas de llorar inmensa. Se contuvo. No quiso dejar un recuerdo más. Se levantó y abrió la llave de la tina. Salió del baño y bajo por la escalera rumbo a la cocina. Todo limpio y ordenado. La noche anterior, no quiso cenar ni tomar agua por el simple hecho de no querer ensuciar nada. Recorrió cada una de las partes de la cocina desde las alacenas repletas de comida hasta el plato vació de maguito. El corazón empezó a latir más rápido. Subió de nuevo. Se quitó las ropas y se metió en la tina. El agua caliente pronto puso su piel más arrugada de lo que estaba. Hundió su cabeza y contuvo la respiración por un momento. Todo pasó tan rápido desde su nacimiento hasta estar en esa casa solitaria que en la que había padecido amor, enfermedad y locura. Sacó la cabeza del agua y tomó una gran bocanada de aire. El agua se salió de la tina y manguito sólo observaba a su dueño. Vio el retrato de ella. Sonrió y el tiempo se detuvo. Allí estaba ella lavando su espalda y susurrando palabras de amor... Manguito ladró y la magia se rompió. Marcos salió de la tina y se secó con prisa. Ya era tarde y no tenía tiempo para seguir así. Se vistió y salió de la casa, sin antes decir adios. Se puso su sombrero y metió a manguito en su portafolio de piel descolorida. Camino y no volteo. El lodo ensució sus zapatos bien lustrados y el aire por poco le arrebatan su viejo sombrero. Espero el autobus por más de 3 horas sin suerte alguna. Pasaron 2 horas más hasta que el autobus pasó y lo llevó a la ciudad. Se perdió en el inconsolable sueño de la vejez. Manguito le lamió la cara cuando llegaron. Marcos se despertó aterrado. Pocos veces algo le aterraba. -Señor, ya llegamos. Gritó el chofer. Marcos se levantó pero, su cara estaba pálida y sus piernas no reaccionaban a su caminar. Vio a manguito y él también estaba aterrado. Comieron cerca de la central y cuando dieron las cinco de la tarde, se dirigieron al centro. Allí esperaron impacientes. La música empezó y la noche pronto cubrió las calles. Llegó ella con su vestido rojo de satín. Una cadena de color intenso alrededor de su cuello resaltaban el escote que llevaba. Se sentó y empezó a buscar con esos de alma desesperada. No encontró nada y sacó su pañuelo. Se secó el sudor de la frente y se puso de pie. Abrió su abanico y se encaminó a la pista de baile. Allí, se encontraron. Los dos se tomaron de la mano y bailaron un par de danzones de antaño. Sus pieles se acariciaron y ya no hubo momento de espera. Los dos se vieron a los ojos y en ese momento, se supieron eternos, como si los dos pertenecían. Ella dijo acabo mi soledad y tomó a Marcos y se dirigieron a una calle solitaria y en la penumbra de la noche los dos se perdieron.