Recibió quinientos pesos por su trabajo. Estaba feliz, era la primera vez que recibía tanto dinero y al mismo tiempo, la primera vez que hacía algo bien. Primero pensó que no sería capaz de hacerlo. Había nacido con un intelecto inferior a lo normal, la nariz gigante y con los ojos chuecos. Sin embargo, tenía una corazonada que todo saldría bien. Estuvo nervioso los primeros días; el viernes se levantó temprano y le pidió a su madre que le preparara huevos con chorizo. Comió como niño de hospicio y al finalizar, pidió por su bendición. Ella todo extrañada evitó preguntar pero, él le dijo, madre voy a la iglesia y con el voy a la iglesia, se despidió. Había una considerable línea para pasar al confesionario. Un anuncio decía: Sólo 25 confesiones por día. Era su día de suerte, era el número 25. Esperó por más de seis horas hasta que le tocó su turno. El padre salió del confesionario y lo vio de arriba abajo, le dijo que se apurara, que su confesión tenía que ser corta, tenía hambre… El hombre con los ojos chuecos asintió con la cabeza y siguió al padre al jardín. Estaba a punto de empezar su confesión cuando el sacerdote sacó un cigarrillo. El hombrecillo no sabía si seguir o no. El padre le dijo continua, te escucho… Confieso padre que tengo que matarlo y el padre se rió hasta que sintió un dolor como ninguno antes…
Apr 8, 2008
Yo confieso...
Recibió quinientos pesos por su trabajo. Estaba feliz, era la primera vez que recibía tanto dinero y al mismo tiempo, la primera vez que hacía algo bien. Primero pensó que no sería capaz de hacerlo. Había nacido con un intelecto inferior a lo normal, la nariz gigante y con los ojos chuecos. Sin embargo, tenía una corazonada que todo saldría bien. Estuvo nervioso los primeros días; el viernes se levantó temprano y le pidió a su madre que le preparara huevos con chorizo. Comió como niño de hospicio y al finalizar, pidió por su bendición. Ella todo extrañada evitó preguntar pero, él le dijo, madre voy a la iglesia y con el voy a la iglesia, se despidió. Había una considerable línea para pasar al confesionario. Un anuncio decía: Sólo 25 confesiones por día. Era su día de suerte, era el número 25. Esperó por más de seis horas hasta que le tocó su turno. El padre salió del confesionario y lo vio de arriba abajo, le dijo que se apurara, que su confesión tenía que ser corta, tenía hambre… El hombre con los ojos chuecos asintió con la cabeza y siguió al padre al jardín. Estaba a punto de empezar su confesión cuando el sacerdote sacó un cigarrillo. El hombrecillo no sabía si seguir o no. El padre le dijo continua, te escucho… Confieso padre que tengo que matarlo y el padre se rió hasta que sintió un dolor como ninguno antes…
El coleccionista
Mi padre me pegaba. Solía poner su revólver en mi boca. Me mataría algún día, yo lo sabía. Tenía la seguridad que una tarde después de regresar de la escuela, lo encontraría borracho y malhumorado y él en su afán de divertirse, pondría su revólver en mi cabeza y me volaría los sesos. Por eso, puse desparasitante para puercos en su bebida. Murió en tres días. Penosa muerte porque la pasó en el baño contrariamente a lo que pensó, no murió por su vicio. Hoy que regreso al pueblo, me acuerdo de aquella noche cuando dio su último suspiro. Mi madre llorando de alegría para que la gente no pensara mal de ella. Yo lloraba de desconsuelo y por dentro rezaba lo más rápido posible para que Dios pudiera perdonarme en cuestión de días. No sé aún, si Dios me perdonó porque, a veces, regreso del trabajo y encuentro a mi padre sentado en mi sala, perdido de borracho con su revólver esperando mi cabeza.
ला तर्दे देल ८ दे अब्रिल
Se despertó ocho horas después de lo que había previsto. El reloj marcaba las 3:45 p.m. y pensó que tendría que esperar otro día. Miró a su alrededor y extrañamente todo estaba limpio. La sensación que tenía era diferente. No sentía dolor o preocupación alguna. Estaba vivo, estaba seguro de eso. Tomó las cartas que yacían cerca de su cama y las leyó en voz alta tratando de encontrar algo que se le hubiera olvidado. No encontró nada. Camino durante horas antes de decidirse a ponerlas en el buzón y después regresó a casa silencioso, nostálgico. No se quitó el abrigo de piel, sólo dejó su cartera y sus llaves. Cerró la puerta y manejó durante algunos minutos hasta encontrar el lugar donde había decidido morir.
