Apr 8, 2008

Yo confieso...

Recibió quinientos pesos por su trabajo. Estaba feliz, era la primera vez que recibía tanto dinero y al mismo tiempo, la primera vez que hacía algo bien. Primero pensó que no sería capaz de hacerlo. Había nacido con un intelecto inferior a lo normal, la nariz gigante y con los ojos chuecos. Sin embargo, tenía una corazonada que todo saldría bien. Estuvo nervioso los primeros días; el viernes se levantó temprano y le pidió a su madre que le preparara huevos con chorizo. Comió como niño de hospicio y al finalizar, pidió por su bendición. Ella todo extrañada evitó preguntar pero, él le dijo, madre voy a la iglesia y con el voy a la iglesia, se despidió. Había una considerable línea para pasar al confesionario. Un anuncio decía: Sólo 25 confesiones por día. Era su día de suerte, era el número 25. Esperó por más de seis horas hasta que le tocó su turno. El padre salió del confesionario y lo vio de arriba abajo, le dijo que se apurara, que su confesión tenía que ser corta, tenía hambre… El hombre con los ojos chuecos asintió con la cabeza y siguió al padre al jardín. Estaba a punto de empezar su confesión cuando el sacerdote sacó un cigarrillo. El hombrecillo no sabía si seguir o no. El padre le dijo continua, te escucho… Confieso padre que tengo que matarlo y el padre se rió hasta que sintió un dolor como ninguno antes…

1 comments:

Víctor Sampayo said...

Señor, por accidentes propios de la red me topé con su blog y no me queda más que felicitarlo por sus minificciones: cuentan con una buena dosis de humor negro y finales inesperados.

Saludos y si no le importa, seguiré explorando en sus escritos.